Monday, October 5, 2009

Boca 3 Vélez 2

Violando normas, mecanismos y protocolos, Benjamín Espósito, jubilado de un juzgado penal, buscaba infructuosamente al autor de un asesinato cometido en 1974. Entrevistas, archivos y conjeturas no daban más que nubladas pistas hasta que la decodificación de una carta lo pone en ruta.

“El tipo puede cambiar de todo, pero hay una cosa que no puede cambiar… no puede cambiar de pasión” le dicen a Benjamín y se lo llevan al Palacio Ducó donde Huracán recibía a Rácing, la pasión del asesino que estaba en la popular.

Más allá del cliché, del “forzado” tono argentinizante, el segmento de El secreto de sus ojos (Juan José Campanella) reproduce una verdad de Perogrullo instituida, creencia, culto, mito, certeza… “se puede cambiar de religión, partido político y de mujer, pero no de equipo”.

“Es curioso que los equipos se tomen como esencias inmutables: como si sus colores los hicieran iguales aunque sean, a lo largo del tiempo, tan distintos. Eso suponen, por ejemplo, las estadísticas: cuando nos confiamos en que le vamos a ganar a Bánfield porque le hemos ganado 44 de los 73 partidos que jugamos a lo largo de setenta años – y ellos sólo nos ganaron 15. O sea: el hecho de que docenas de muertos que alguna vez se pusieron camisetas semejantes a estas consiguieron esos resultados debería, por alguna razón, tener alguna influencia en el partido de esta tarde… Hay algo mágico, extraordinario, en esa presunción de que Boca sigue siendo Boca – y tiene a su favor el peso de lo que pasó en aquel partido de 1941 o de 1987…” (Martín Caparrós, Boquita, Ed. Planeta, pág. 72).

Si bien Boca le lleva una treintena de triunfos de ventaja en el historial mano a mano, Vélez – actual campeón - llega a la Bombonera con una racha invicta de 11 partidos y una heroica clasificación en la Copa Sudamericana a jugar contra el dueño de casa que viene de 4 sin ganar y 3 derrotas consecutivas que dejan a su DT – Alfio Basile – a un paso de la salida.

Y lo ganaba Vélez. Porque el tempranero Caruso lo dispuso con su cabeza a los seis minutos para después sostener la ventaja con dominio de pelota y terreno.

Lo empata Battaglia cabeceando un córner (´35) y la Bombonera parece tonificarse. Aunque se notan las diferencias de equipo y funcionamiento entre los rivales, Boca da pelea y ese es el mínimo aceptable.

El tempranero Caruso vuelve a mojar al minuto del segundo tiempo pescando un rebote en el área (cinco jugadores de Boca rodean a Rodrigo López pero ninguno toma a Caruso).

Ninguna novedad. El impulso y la solidez de Vélez serían demasiado para este pálido Boca de humores erráticos. Estudiantes había perdido su partido y el Fortín volvía a subirse a la punta del torneo en base a orden, oficio y mentalidad ganadora. Basile se iría, Boca sería un aquelarre hirviente, los paparazis sacarían fotos privadas, los rumores pasarían al papel y las internas a las tapas.

Hace tiempo que Boca no sale a comer el hígado del rival. Su gente acompaña, grita y dobla el volumen a la hora de remontar resultados. Pero la histórica reacción, aquel sello de garra xeneize parece extraviado en la memoria. Boca tiene la pelota pero no profundidad. La exagerada lateralización, siempre amiga de la previsibilidad, aleja a Palermo del juego y lo conmina al cabezazo salvador.

Vélez y el partido siguen su curso. Hasta que Rodrigo López se come un gol increíble abajo del arco de Boca (3-1 y sentencia?) y, desde entonces el viento cambió: un ángel de la historia, un espíritu inquieto o un intermediario del azar tiró una moneda al aire y entonces…

Riquelme se encuentra en la medialuna velezana bien cortinado por Dominguez, da un paso a su derecha y clava un tiro al ángulo (´64) y 9 minutos después, el arquero Montoya despeja desde fuera del área para poner la pelota en el único lugar prohibido de la cancha: a 35 metros, la cabeza de Palermo. Gol. ¿Fue de casualidad? Sí. ¿Tuvo intención de hacerlo? También.

Boca 3-2 y a desandar vaticinios. Basile se queda (Gorosito se va) y venga ese abrazo. A ver una y otra vez el gol récord de Palermo, a ver tapas y tapas de su torso desnudo, a leer que “tuvo una intuición mágica” (Pagani).

Buscarle lógica es como buscarle sexo al ángel que tiró la moneda; quizá la historia pese o sople como el viento para virar las caras del azar; o una docena de muertos que alguna vez se pusieron camisetas semejantes a estas se hayan confabulado.

Habrá que ver si los vientos quedan soplando de este lado de la Bombonera. Mientras tanto, Basile y los muchachos deben recordar que las individualidades salvan partidos y los equipos salvan campeonatos.


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