Tuesday, November 16, 2010

Ríver 1 Boca 0


16.11.2010 - Calígula - Con gol de Jonathan Maidana (´53), Ríver venció a Boca (1-0) en el Monumental por la edición nº 187 del Superclásico.

El dominio de Ríver (durante todo el partido) se basó en su concentrada organización posicional. Expeditivo en el quite y presente en la descarga se hizo de la pelota y el terreno a fuerza de destruir cualquier intención de juego rival. Lógicamente esto no alcanza para desnivelar y (si bien tuvo alguna situación) por ende, el gol llegó de pelota parada (córner).

En la pobreza franciscana que muestran los primos pudimos ver cierta actitud o vergüenza en Ríver, algún tibio atrevimiento de Lamela o Pereyra, despliegue de Pavone y un satisfactorio doble cinco de Almeyda y Acevedo ante la sombra inexpresiva de un Boca perdido, desconectado e indolente.



La comparación es la madre de todas las medidas y ya no quedan dudas a esta altura: Es muy difícil encontrar un espectáculo futbolístico argentino de Primera División más pobre que el Superclásico.

Si la comparación es en referencia a la expectativa (periodismo, turismo, ventas, reventas, sponsors, operativos, etc.) huelgan las palabras que dejan el vacío para frases de índole repetida: “sí Ríver y Boca juegan por la promoción y con las reservas, llenan igual”.

Pero si la comparación es en referencia a otros partidos (clásicos o no), la medida sigue dando negativa. Porque a estos rústicos equipos de primos no sólo se los devoró la urgencia. Porque a las pálidas búsquedas de identidad se suma el MIEDO.

Es cierto que los Superclásicos son amnésicos, que no importan historiales añejos ni recientes y no lo es menos que el declive Superclásico no encuentra fondo. Hace tiempo que las caras de los afiches promocionales se repiten en (gastados) Ortega y Riquelme y que se cuentan debutantes con las dos manos (Pavone, Román, Acevedo, Lamela, Pereyra, Caruzzo, Cellay, Insaurralde) que suelen asombrarse de participar. Como el que consiguió la entrada, “estuve ahí”. Llegó el tiempo en que los propios jugadores (que antes lo hacían) se cuelgan de la teta del Superclásico que sigue retumbando (según dice J.J.López) como “uno de los clásicos más importantes del mundo”.


El miedo fue el protagonista de la noche. El primerizo J.J. López no tiene cintura para callarlo: “el que se equivoca pierde”. Y el miedo, con terreno fértil en planteles de pobrísima jerarquía, produce imprecisiones, pases erráticos, refriegas de potrero, compadradas de humo, infracciones innecesarias, rechazos insólitos, córners mal tirados, yerros a la pelota…

El miedo se devoró el Superclásico. Miedo a perder. Perder puntos, puestos, respaldo, credibilidad, pases, pelotas y desde ahora también “la categoría”. Ya es muy previsible.
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